con  Norberto Codina ( Mayo de 2002 )

Poeta. Director de La Gaceta de Cuba.
Que trata de la naturaleza de las revistas culturales

En un delicioso libro, Mi correspondencia con Lezama Lima, ese paradigma de editores que fue el recordado Pepe Rodríguez Feo, reveló al lector las claves, “barbullendo en la redoma”, de una de las aventuras editoriales más reconocidas en nuestra lengua: la revista Orígenes.

En carta fechada hace 50 años, en el estilo característico de Lezama: “abril y 1947”, éste comenta alborozado: “El número de Orígenes dedicado a México ha sido buscado y aclamado. Creo que la revista alcanzó ya su sazón y que ahora hay que cuidarla como Le Notre vigilaba una rosa.”

Tal vez por ahí empiece la historia de cualquier revista literaria o cultural, porque por muchos planes y políticas editoriales que se elaboren, sólo la vida, la importancia del próximo número, la batalla y las escaramuzas de un tiempo determinado, ya sea en la fundación o cambio de época, nos permitirá encontrar la línea editorial, irla perfilando y acercarnos a los propósitos que nos motivaron. Es cuando nuestro proyecto (y estoy hablando de algo tan específico como una revista cultural en el ámbito iberoamericano) alcanza esa definición tan criolla del grado de “sazón”, en un descubrimiento múltiple, y permite que editores, colaboradores y lectores encuentren el imán necesario. Entonces, como el diseñador de los jardines de Versalles, hay que “cuidarla como una rosa”. Ante esta sensación o certidumbre uno no puede dejar de preguntarse: ¿Cuándo dejará de estar “en sazón” un proyecto editorial que ya cuajó? ¿Cuándo necesita renovarse?

Es un gran espacio, por naturaleza paradójico, el que forman las revistas culturales. Un espacio fundacional y cambiante; diverso y armónico; con más interrogantes que respuestas; que busca el balance y la especialización; el lector único y todos los lectores. Y a la hora de convocarlos, vienen las preguntas: ¿Para quiénes está destinada la revista? ¿Cuáles son los intereses de sus posibles lectores? ¿Con qué público quiere encontrarse o reencontrarse?

Entonces nos interrogamos sobre el papel de las publicaciones, porque existen sobre la base de una contradicción mayor: transcurrir a la par de un arte y una literatura cada día renovados, perdurables en sus calidades, y lograr ellas mismas el milagro de trascender, de ser un mensaje para el futuro como continente de lo que hoy fue noticia y vanguardia y mañana será el testimonio de una época. Es la paradoja mayor, la necesidad de que sean al mismo tiempo “para hoy” y “para mañana”, efímeras y perdurables.

La fértil tradición de revistas culturales iberoamericanas (y me limitaré a recordar algunas del capítulo cubano y de este siglo, como Orto, Revista de Avance, la mencionada Orígenes, Ciclón, Casa) ha sedimentado una profesión que ha sido fiel al ideario de nuestros pueblos. Su importancia nos da la oportunidad en lugares como México o Colombia, Argentina o Cuba, de ir leyendo su cultura, de sustituir el discurso fragmentado de sus diferencias por una vocación que con la voluntad de los cartógrafos flamencos, nos lega el mapa del ser y del mundo.

En este pase de revistas, entre el canon y la coralidad, una muestra puede ser Cúspide, publicación perdida en un central azucarero cubano, que entre los años 37 y 39 se propuso ser “crisol donde se han fundido las esperanzas de buena parte de la intelectualidad ‘ignorada’”, y tenía entre sus colaboradores una firma ya entonces continental como Fernando Ortiz, o la de una adolescente de apenas quince años llamada Fina García Marruz, (porque estén donde estén) las revistas literarias suelen tener vocación de universalidad.

En nuestra experiencia, La Gaceta de Cuba, fundada a principios de los nostálgicos sesenta por Nicolás Guillén y otros intelectuales cubanos, persigue llegar a lo universal a través de esa reivindicación de la diferencia que nos hace distintos e iguales, parecidos a nuestra época, más allá de las etiquetas generacionales.

Siempre vendrán las acusaciones de” .capilla”, “mafia” o la tan criolla “piña” (“ananás” para los culteranos), que no es más que “el grupo que forman los otros... y no me incluyen”. Aunque para ser honestos, se debe poner en la puerta de la redacción con toda responsabilidad aquello que escribió el maestro Pedro Henríquez Ureña: “Ninguna obra intelectual es producto exclusivamente individual, ni tampoco social: es obra de un pequeño grupo que vive en alta tensión intelectual.” Tal vez esta no sea más que la justificación teórica de la consolidada “capilla”.

En cada diseño editorial, aun en la página más inocente, va a estar el latido de la sociedad, mezclando la cultura establecida y la emergente, la duda y la angustia que encierra toda obra espiritual, estando presentes esas tendencias que asume o rechaza el lector como la otra mitad, cuando legitima propuestas e incertidumbres.

Luis Buñuel llamaba a la tecnología de la comunicación “el cuarto jinete”. Sin ser apocalípticos, en el umbral del tercer milenio, las muchas alternativas del “consumo” a través de la trinidad mercado, medios y globalización nos llevan a otras tantas paradojas: revistas posmodernas en países de analfabetos; sociedad civil frente a la era de la intolerancia; herejía contra censura; estandarización frente al tanteo indispensable, inevitable, de la identidad.

Utilizar la palabra y la imagen en una función cívica, donde sus significados no pueden ser compartimientos estancos de nuestra realidad, sino el explorar en esa huella imperecedera que traducida en comidas, lecturas, formas, sonidos, colores, llamamos cultura, aunque lamentablemente en el mundo en que vivimos ni siquiera las grandes minorías con que soñaba Juan Ramón Jiménez como destinatarios, pueden ser partícipes de ese diálogo tan necesario al hombre.

Por eso aspiramos a que las revistas culturales sean más armoniosas que la vida. Con proyectos que por su naturaleza deben ser imperfectos, pero apuestan, frente a la desesperanza y el desconcierto de hoy, por el anhelo antiguo de atravesar el espejo y sobrevivir a la fugacidad.

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